Entrelazando palabras

•5 septiembre 2012 • Dejar un comentario
          El asta desolada sonó las campanas de arsénico. Por la luna nadaba un pez con su trompa de lirio y cantaba dentro de la toronja. Desgajada caracoleaba en el anillito plomado con sus agujeros de silencio ondulado. Con agujeros desangrando hojas menguadas como un pomo pulido de pálida cera. Y las plegarias erguidas de centenario que con las arañas descuajaban un torbellino de verdecida primavera.
        El azul monótono del bostezo universal buscaba una hormiga en el clavel sangriento bajo la luz de los cabellos y de las palabras cansadas, como una nube que enturbia el cielo. Su perfil de romano tenebroso, con su alma distraída, se inmiscuía tácito en la orilla de tu vida y con el mármol temerario, gárrulo, implacable, volvía tu alma arbitraria a la intemperie de tus demonios. Y con un golpe de cuchara comenzaba la vigilia de tu pecho, llenando de monstruos los corazones y de oscuridad las madrigueras incesantes.

Chinchorona

•5 mayo 2011 • Dejar un comentario

Su llanto estremece a la más dura de las rocas. Sus gritos se clavan en el silencio nocturno. En las noches de los lunes veinticinco, la ciudad permanece despierta: todos oyen sus berrinches.  Sus gritos desgarradores. Durante la madrugada, las horas se congelan. Los autos no circulan, la gente no camina. Sus llantos tapan todos los sonidos y hacen vibrar a las fortalezas más firmes. Sin embargo, nadie acude a consolarla. Nadie cree en su sufrimiento. Es por eso, que todos los lunes veinticinco, ella berrinchea sola.

Y tal vez también por eso, es que todos los martes veintiséis, la Chinchorona se encierra en su habitación y llora en silencio.

Desasosiego

•14 abril 2011 • 2 comentarios

yo sé que las lágrimas no se van a terminar

yo sé que el mundo gira igual aunque derrumbe

aunque me derrumbe

aunque las palabras se me amontonen

y me hagan un tapón en la garganta

y cuando el espejo no me muestre lo que quiero

que las lágrimas no se sequen de repente

 

no quiero atascarme con mi propio hilo

ni perderme con el mapa en la mano

porque no sé si voy

si vengo

o si ya estuve


ya no quiero llegar y quedarme

aún sabiendo que hay muchos lugares

que no quiero conocer

porque las piedras me tapan los ojos

y me muestran solo la mitad


y el tren

que siempre se me va

que me pasa por al lado

y se burla de mi

porque ya no quiero andenes rotos

ni luces apagadas

ni camas vacías

y no quiero más zapatos grandes

que no me permitan caminar

que me piensen eternamente

que me ocupen la cabeza

y no dejen lugar a nada más

porque nunca es suficiente

porque las flores son siempre amargas y lúgubres

como los días de lluvia

como los días de sol

Condiciones

•31 marzo 2011 • 1 Comentario

Si hubieras sabido por qué aquel tipo de comentarios siempre te incomodaban tanto, hubieras notado que  lo hacía a propósito. Pero jamás lo habrías admitido porque te empeñabas en defender esa situación y nunca te dabas (o no querías darte) cuenta de lo que hacía. Si hubieras sido menos tonta, te habrías percatado de que te robaba las medias de red y los zapatos de taco aguja. Hubieras notado los labios rojo 64 de Lancôme y las pestañas Extra Large de Maybelline. Pero no. Lo negabas todo. Te negabas todo. Porque siempre fuiste una necia que no veía lo que pasaba alrededor. Te obnubilabas con tus fantasías de cuento de hadas y las flores te tapaban la garganta. Si te hubieras querido un poco más, hubieras terminado la relación apenas notaste que te faltaba tu mejor vestido. Si hubieras aceptado esa realidad ahora ya no te sentirías tan vacía, tan sinsentido, tan ingenua. Pero ahora es tarde. Ahora estás sola y todos esos “si hubiera” son sólo un castigo inútil para seguir atormentándote, para seguir reprochándote que seas tan parecida a mi.

No me apuren

•13 diciembre 2010 • 2 comentarios

Una de las cosas que más me enojan es hacer todo a las apuradas que el tiempo me persiga que la gente me persiga que me presionen y me digan que me apure y que haga todo bien no se puede hacer todo bien a las apuradas porque no se piensa no se presta atención se hace todo así nomás como sale como puedo como quiero pero a nadie le gusta y se quejan no paran de quejarse porque quieren que las cosas salgan bien y no hay tiempo ni espacio y lo haces como podés si podés pero no querés pero igual lo hacés porque es tu obligación moral ética laboral y te explotan te exprimen te hablan del trabajo en equipo y las multinacionales y la plata y te sentís un pelotudo que gana dos mangos por hacer lo que no le gusta ni quiere ni puede y te hablan te llenan la cabeza con la misión corporativa la visión de la ética empresarial que te pagan dos mangos y te hinchan tanto las orejas que te estalla el cerebro y te chorrean los pensamientos gastados que no los podes usar porque el trabajo te aplasta no te alcanzan las manos ni la cabeza y te sentís un robot un teléfono que no contesta y te pisa te aplasta no te dejan ser ni sentir te hacen cuadrado achatado sin futuro y no te dan tiempo y te apuran y te tiran la piedra y te suben te bajan te marean y te cierran la puerta y la ventana y la boca y los dedos te atan al piso con cinta adhesiva te abrochan los ojos y te sangra la tinta del reporte que deberías haber presentado ayer pero

Este texto podes leerlo en BLA

Comenzó gritando fuego

•2 diciembre 2010 • Dejar un comentario

Ella escupía reproches y él simplemente observaba. La mirada de él estaba cargada de furia, pero ningún sonido salía de su boca. Los gritos se escuchaban desde el pasillo. La ira se le rebalsaba de los ojos. Era tan larga la lista de reproches, insultos y demandas que se hacía imposible darse cuenta por qué había comenzado la discusión. Se miraron por un instante. Con los pelos de punta, los insultos gastados, mientras los corazones latían fuerte. Transpirando gritos y lágrimas. Respiración entrecortada, voz ronca. El fuego corría por sus venas. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Volvieron a mirarse. Y él, en un rapto de furia la empujó fuertemente contra la pared. Y la besó. Un beso que le penetró la piel y la garganta. Le absorbió los reproches y le encendió el pecho. Ella no lo apartó. Le sacó la camisa con desesperación y comenzó a besarle el cuello y los hombros. Él le arrancó la pollera y la acarició con vehemencia. Sus respiraciones se hacían cada vez más intensas, más rápidas, más furiosas. No podían dejar de tocarse, ni de gemir, ni de gritar. Él le mordía el cuello, ella le acariciaba el sexo, le clavaba las uñas en la espalda, mientras él estaba dentro suyo, el calor les subía por el cuerpo ahí mismo contra la pared, no podían parar, una y otra vez, y otra vez, no dejaban de lamerse de tocarse de gemir de lamerse de besarse de gemir de gritar. Y los gritos se escuchaban desde el pasillo.

La jarfuncla de mi estambra

•18 noviembre 2010 • Dejar un comentario

Esa mañana se me había esculapiado la estambra. No se como pasó, pero la marunga me hizo sentir muy batillada. No quise levantarme de la cama. Sentí que toda esa trifulca me apanzurraba y no me dejaba mover. Las lágrimas se gatillaban en mis ojos y me barrulaban la marisca. Los dedos se me furungian y las piernas me landaban. Me escondí bajo la frazada. Pero una jarasca más jarasca que la palia me había gatuzado la barlanca. Me fui buciendo cada vez más para el jimoncho, pero la jarasca se empeñaba en gatuzarme. Y me gatuzaba y gatuzaba y gatuzaba. En ese momento sólo quise esculapiar, pero saqué fuerzas de no sé donde y le baticiné una jarfuncla barilante. A la jarasca no le quedó otra que aprompicuarse a la salica y dejarme dormir en paz.

 
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